Fuego (S11)
¿Cuándo dejamos de ser animales y nos volvimos humanos?
Ni idea.
Hay quién dice, que la historia comienza cuando se inventa la escritura. Pero nadie habla del momento en el que pasamos de ser animales, para convertirnos en algo con conciencia propia.
Yo pienso que es el fuego.
Imagina por un instante que eres el hijo mayor de una tribu de numerosos simios de las cavernas. La última semana ha habido tormentas casi sin parar. No entiendes por que, pero tu rostro y el de todos llueve al mismo tiempo que el cielo. Tal vez es porque saben que si no deja de llorar pronto, morirán de hambre.
Hasta ahora se han mantenido con gusanos, reservas y otros bichos. Pero son una tribu numerosa, y los insectos son cada vez menos. Y el agua se acumula y se acumula sin final.
Para peor, una de las madres en la tribu ha dado a luz a un nuevo chimpancé. Es muy pequeño, menos de lo que mide tu antebrazo. De una forma extraña se parece a ti, sientes una especie de impulso para protegerlo. Pues ese pequeño simio es indefenso, no es capaz de hacer nada sin la ayuda de toda la tribu.
Sería fácil dejarlo morir, pero no lo hacen.
Miras a tu al rededor, la cueva en la que se han refugiado, lleva ya mucho tiempo repleta de simios y vacía de comida. Y el cielo sigue llorando. Sabes casi con total certeza que cada uno de ustedes morirá del peor dolor de tripas que existe. Tratas de resistir, pues todos merecen una sepultura digna, así agradecerán a los gusanos por haberlos mantenido tanto tiempo vivos. Solamente te preocupa el pequeño simio. Perecerá antes de que siquiera se de cuenta que vivió. Jamás verá el sol...
Entonces haces algo muy loco. Sabes que nunca nadie había hecho esto. No sabes si va a funcionar, pero no tienes otra opción. Sales de la cueva. Todos piensan que te has vuelto loco, pues sería más que lógico. Y empiezas a gritar al cielo. No le hablas con ira, le hablas con amor. Tratas de consolarlo, pues aunque no entiendes la razón de su llanto, entiendes la tristeza. Le cantas al cielo con toda tu tristeza, pero ya no es solo desesperación. Las nubes y tu han formado un vínculo dónde comparten melancolía. Y unidos en una profundo arbusto de tristeza y amor, les envía un regalo. Pues se ha compadecido y ya no desea que mueran.
De entre los cielos sale una rama de luz brillante y caliente como nada más en el mundo. Acompañada viene un sonido tan ominoso y aterrador que incluso los muertos en la cueva se han levantado a escuchar el alboroto. Presuroso corres al lugar dónde la rama de sol atacó. Y allí esta lo que cualquier día sería apenas suficiente, ahora es un festín. La bestia ha matado de un solo golpe a un ciervo de tamaño suficiente.
Lo lograste. Sobrevivirán.
Y los cielos no solo les regalaron una buena caza, también te dejó algo más. La marca de que la vara de sol estuvo allí. Un pequeño sol colgando de una rama de madera. Y ahí lo entendiste todo.
Llevaste ambos regalos a la cueva. Te preocupaba un poco que la tribu no entendiera el propósito del pedacito de sol. Sin embargo, apenas llegaste todos quedaron igual de fascinados por el regalo divino. Cada uno de ellos se maravilló por esta fuente de calor. Pues no solo les proporcionaba calor físico, si no también un sentimiento dentro de ellos, parecido y diferente al mismo tiempo. Pues el fuego les dio sentido para seguir, para cuidarse los unos a los otros y el fuego les dio esperanza.
Antes de que el ciervo se acabara, el cielo dejó de lamentarse y dio paso al padre de todo: Sol. Los humanos en conmemoración del regalo de los cielos, prometieron mantener el fuego vivo cada vez que no estuviera el Sol en persona para mantener el calor y la unidad entre los hombres.
Es entonces nuestra obligación mantenernos fuertes, unidos y cuidar los unos de los otros, aún de noche o cuando haya tormenta. Pues no se nos volverá a dar un regalo como el fuego. Y es por eso que me da tanto miedo cuando se va el Sol, pues temo que sin el calor de los que amo y me aman, simplemente me disuelva como azúcar en el agua, entre las sombras.
Ahora ya no eres joven, al contrario, sabes que pronto tendrás que reunirte con tus ancestros. Y sin embargo no estás preocupado, angustiado o triste. Pues tuviste la dicha de ver cómo un pequeño bebé enfermizo, nacido en plena tormenta, ha sobrevivido para convertirse en una alegre joven, cómo lo fuiste tú alguna vez. Acordaron llamarla Luz, en conmemoración de aquel regalo divino que le salvó la vida a ella y a toda su tribu.
Fin.
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